Galería verde

Más de veinte esculturas de Joan Miró procedentes de museos internacionales y colecciones privadas fueron exhibidas en los jardines del Rijksmuseum de Ámsterdam. Se trató de la primera exposición de esculturas del artista español en Holanda, cuyo fin fue homenajear su cercanía con la naturaleza, de la que extraía gran parte de su inspiración. Entre las obras, de las décadas de los 60, 70 y 80, pudieron verse La caricia de un pájaro, una escultura de más de 3 metros de alto que Miró realizó en su estudio de Palma de Mallorca en 1967; Maternidad, de 1973; y Mujer y pájaro, de 1982.

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En los 14.500 metros cuadrados que conforman los jardines del Rijksmuseum convivieron las esculturas de Joan Miró (1893-1983), hasta el 11 de octubre de 2015, con explanadas de césped, estanques, estatuas clásicas, una fuente de autoría de Jeppe Hein, un invernadero del siglo XIX, juegos infantiles diseñados por Aldo van Eyck, y un tablero de ajedrez de tamaño natural, que componen la galería al aire libre rediseñada por la firma holandesa Copjin, en el marco de la reinauguración en 2013 de este museo neogótico diseñado por el arquitecto Pierre Cuypers en 1901.

Las obras de Miró fueron exhibidas entre cuidados árboles y plantas, y conformaron un recorrido de ensueño compuesto por animales, estrellas, soles, aves y mujeres que invitaban al público a jugar con la imaginación. Eso es lo maravilloso de la obra de Miró. Las innumerables lecturas que propicia, expresó durante la presentación de la exposición Alfred Pacquement, curador invitado y ex director del Centro Pompidou de París.

Criado en una familia de artistas en Barcelona (su padre era un orfebre, su abuela una fabricante de muebles), fue más famoso por sus pinturas que por sus esculturas. Sin embargo, con un universo pictórico abstracto lleno de coloridas alusiones figurativas, Miró se lanzó a la escultura poco después de sus 40 años para superar el lienzo y acercarse a la gente. Lo imaginario convivía con un realismo minucioso dando paso a un mundo lleno de signos mágicos y animales, a los que añadía pequeños textos poéticos. Bailaores españoles, campesinos catalanes, paisajes y constelaciones llenaron su obra hasta el final. Pero también fue un escultor sorprendente, con 400 obras catalogadas y producidas en diversos ‘golpes de inspiración’, explicó Pacquement.

El artista español quería asesinar la pintura, una de sus frases más recordadas. Para ello recurrió a objetos cotidianos, desde jabones a cajas de sombreros, y a la naturaleza misma. Al mezclar las piezas y ensamblarlas obtuvo dos tipos de obra: las derivadas de la naturaleza, como piedras o raíces, y las salidas de instrumentos del campo, utensilios de la cocina y la vida cotidiana.

Durante la muestra se estrenó a nivel mundial Pájaro Lunar, un bronce de cuatro metros de altura propiedad de un coleccionista particular europeo. También se exhibieron obras tales como Personaje (1970), con cabeza de canto rodado y cuerpo de almendra; La caricia de un pájaro (1967), que presenta un sombrero de paja como los usados por los campesinos para proteger del sol. El cuerpo es una tabla de planchar donde hay un caparazón de tortuga. Pintado en rojo, verde, amarrillo y azul, contrasta con el fondo del Rijksmuseum, un edificio que combina los estilos gótico y renacentista.

Por otra parte, tal como explicó el curador, Constelación (1971) surge de una galleta mallorquina; Mujer, de una botella de perfume; Mujer-Monumento (1970), de una pastilla de jabón gastada coronada por un huevo en equilibrio inestable.

Poner el conjunto escultórico en este lugar, uno de los museos señeros del mundo, remodelado por los arquitectos españoles Ortiz y Cruz, es el mejor homenaje a uno de los creadores más representativos del arte español y el surrealismo. Las esculturas están al aire libre y en contacto directo con el público. A mi abuelo le habría encantado, expresó tras su recorrido por la muestra Punyet Miró, nieto del artista, quien convivió con la mayoría de las obras durante su infancia en Mallorca en el taller del abuelo. Hoy promueve su legado familiar del que destaca los valores que tanto han costado conseguir, como la democracia, por la que peleó su abuelo. n

Verónica Moñino

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